Ciudadanos tunecinos se manifiestan en la capital. /TH

La primavera árabe surgió como un movimiento independiente del pueblo para desafiar a los tiranos autócratas que gobernaban sus países, siempre controlados bajo la mano negra de occidente.

La ficha del efecto dominó se centra en el campamento de la dignidad de El Aaiún, no obstante la mayoría de los expertos no coinciden en esta tesis. Más tarde, en diciembre de 2010, un joven tunecino, ahora premio Sajarov, se inmola en un pequeño municipio de Túnez provocando el germen de ‘La Primavera Árabe’.

Es en ese momento es cuando miles de ciudadanos de habla árabe, guiados por el mensaje de democracia, trabajo y justica salen a las calles para demostrar que el pueblo es el único soberano de la tierra, algo que hace temblar a los líderes árabes y que les cuesta el cuello a personajes como Ben Alí, Muammar al-Gadafi o Hosni Mubarak.

Pero, una vez liberados de los tiranos la situación parece estancarse y las autoridades occidentales vuelven a entrometerse en el futuro de estos pueblos, siempre con la escusa de nuestra seguridad, o la seguridad de nuestros recursos naturales.

La última noticia, tras las elecciones en Túnez del pasado domingo que han dado la victoria, con más del 41% de los votos, al partido islamista Ennahda, ha sido el anuncio del Gobierno en autorizar, a propuesta de la ministra de Asuntos Exteriores y de Cooperación, Trinidad Jiménez, veinte acuerdos relativos a contribuciones a organismos y programas internacionales con cargo al Fondo para la Promoción del Desarrollo (FONPRODE).

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