Un campamento improvisado en Mauritania. / MSF

“El tiempo se acaba en Mauritania”. Esta fue la alerta que lanzó en noviembre la ONG internacional Acción contra el Hambre, cuando el déficit pluviométrico de 2011 había agotado los pastos mucho antes de lo habitual y que las cosechas no alcanzarían para alimentar a la población hasta la próxima recogida, en octubre. También mandaban señales rojas la subida de precios de los cereales y el desplome del precio del ganado.

“Ya solo comemos dos veces o una vez al día”, “no recordamos una sequía como esta desde 1969”, “los hombres de la comunidad han tenido que irse a Nouakchott para buscar algo de dinero”… esto es lo que cuentan unánimemente las jefes de comunidades como Samarra, Ndiokoundi, Boudami o Betchieck el Aly, en Gorgol, considerado, paradójicamente, “el granero mauritano”.

“A partir de ahora empieza lo peor: los próximos meses van a ser durísimos, tememos un aumento exponencial de los casos de desnutrición y la crisis se convertirá en catástrofe si no llueve en julio”, explica Fatimata Diop, nutricionista mauritana de Acción contra el Hambre durante una sesión de detección de la desnutrición en Boudami, donde el número de niños con desnutrición aguda se ha duplicado en los dos últimos meses.

“No tenemos tiempo que perder: antes de que llegue la emergencia hay que tratar de proteger a los niños más vulnerables con raciones de protección para evitar que caigan en desnutrición severa. En ese momento será mucho más complicado y costoso recuperarles, apunta Mohamen Ghaly, nutricionista de Acción contra el Hambre mientras mide y pesa a los niños congregados bajo la sombra de un techado de maderos.

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