. Con la reanudación de los servicios de autobuses en el país, algunas personas han comenzado a regresar a sus hogares desde ciudades como Bamako. / ACNUR

. Con la reanudación de los servicios de autobuses en el país, algunas personas han comenzado a regresar a sus hogares desde ciudades como Bamako. / ACNUR


La Agencia de la ONU para los Refugiados declaró el viernes que casi dos meses después del comienzo de la intervención militar francesa en Malí, ACNUR sigue registrando grandes cifras de desplazados internos, mientras que en los países colindantes, el número de refugiados sigue siendo elevado y, en algunos casos, está aumentando.

“A pesar de las mejoras en cuanto a la situación de seguridad en algunas áreas, el miedo a regresar sigue siendo generalizado”, dijo Adrian Edwards, portavoz de ACNUR.

De las aproximadamente 430.000 personas desplazadas desde principios de 2012 en Malí, según las cifras disponibles unas 260.665 personas siguen desplazadas dentro del país. La población de refugiados malienses en países vecinos se eleva a unas 170.000 personas, de las cuales más de 70.000 se encuentran en Mauritania, unas 47.200 en Burkina Faso, 50.000 en Níger y unas 1.500 en Argelia.

Según Adrian Edwards, el número de retornos espontáneos de desplazados internos sigue siendo bajo, a pesar de que los servicios de autobús entre la capital de Malí, Bamako, y la ciudad norteña de Gao se reanudaron la semana pasada. Asimismo, los barcos también están efectuando la ruta entre las ciudades de Mopti y Tombuctú.

Para los desplazados internos y los refugiados la inseguridad se mantiene como la principal preocupación. “La persistencia de los combates, atentados suicidas, ataques en represalia contra ciertas comunidades, la presencia de minas antipersona y de artefactos sin explotar en las regiones de Mopti, Gao y Tombuctú, son las razones que mencionan para no regresar de momento”, añadió Adrian Edwards.

La falta de servicios básicos en el norte del país también es un factor. Con pocos colegios en funcionamiento y una ausencia de autoridades gubernamentales todavía en muchos pueblos y ciudades, muchas familias desplazadas prefieren esperar.

Para aquellos que están fuera de Malí, se añade la complicación de la composición étnica, ya que la mayoría de los refugiados son tuareg o árabes. El miedo a las represalias es generalizado, así como el miedo a la delincuencia o a que los yihadistas puedan estar presentes entre la comunidad.

Un reflejo de la situación es que, mientras el número de nuevos refugiados se ha reducido sustancialmente en comparación con las estadísticas de hace unas semanas, Malí sigue experimentando una salida continuada de refugiados, aunque en cifras más modestas. Durante el mes de febrero, el promedio de llegadas de malienses a Mauritania, principalmente procedentes de las regiones de Léré, Goundam, Gnoufonke y Tombuctú, era de más de 1.500 personas por semana. El número de refugiados en Burkina Faso y Níger se mantiene estable.

Para evitar que la crisis de desplazamiento en Malí se prolongue, ACNUR considera que es urgente trabajar por la reconciliación, así como realizar esfuerzos para combatir la impunidad, promover la convivencia pacífica entre las comunidades y ayudar a la estabilización y restauración de la seguridad a largo plazo. Actualmente ACNUR está planificando apoyar la reconciliación en las zonas de desplazamiento y retorno, así como en los campos de refugiados.

“Norte y el Sur tienen que poder confiar los unos en los otros, necesitamos una reconciliación” dijo Fama, una refugiada tuareg en Bamako, donde dice que siente que la observan con recelo. “Sólo queremos vivir en paz y tener un mejor acceso al desarrollo”, añadió la mujer de 56 años.

Mientras tanto, algunos de los que han retornado a sus casas desde áreas urbanas como Bamako, o que están pensando en ello, dicen que vivir en las ciudades es demasiado costoso. “La vida es demasiado cara en Bamako, no podemos permitirnos quedarnos más tiempo aquí”, explicaba Fatoumata, de 18 años, mientras esperaba para subirse al autobús que la llevará de vuelta a Gao.

“Aquí vivimos en condiciones muy precarias, con limitado acceso a la electricidad o al agua corriente. No podemos encontrar empleo”, añadió la joven, que huyó a Bamako con su marido el pasado mes de abril y dio a luz a final de año.

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